Charlton estaba que no cabía en sí de gozo. Era su cumpleaños y, de entre las muchas llamadas que había recibido, una le había dado la mejor noticia en meses: le habían contratado en un empleo y podría así dejar su actual trabajo, en el que estaba contratado con unas pésimas condiciones y en el que tenía un despótico jefe que lo humillaba a diario. Con esta buena nueva, comenzó a preparar el ágape de su fiesta de cumpleaños. Había invitado a todos sus amigos y se había propuesto sorprenderles con un menú preparado por él mismo. Tras dos horas de trabajo, tenía todo listo y solo restaba freír las patatas. Llenó una gran sartén de aceite de girasol y la puso al fuego. Mientras el fuego calentaba el aceite, se dispuso a limpiar la cocina, que estaba bastante sucia tras preparar en ella un menú para más de quince personas. Sin darse cuenta, el agua del fregadero cayó al suelo mientras Charlton fregaba. A los pocos minutos, el aceite comenzó a humear cuando llegó a los ciento ochenta grados y Charlton se giró para echar las patatas. La fatalidad quiso que resbalara con el agua del suelo y cayese golpeando el mango de la sartén, que hizo de catapulta vertiendo el aceite hirviendo en la cara de Charlton, que se fundió junto con los ojos en una humeante fritura del infierno. Los gritos de Charlton, al que se le derretía la cara, inundaron la edificio. Comenzó a dar bandazos a ciegas por la cocina, atravesando el cristal del ventanal que daba a la calle y cayendo al vació tras tropezar con la barandilla. El cuerpo de Charlton reventó contra la acera salpicando de carne y vísceras a sus invitados, que estaban congregados abajo para darle una sorpresa.
Mostrando entradas con la etiqueta abrasado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abrasado. Mostrar todas las entradas
Ray-Nathan
Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.
George
A pesar de que le dijeron que no lo hiciera, George denunció lo que había visto. Los hermanos Turder dieron una brutal paliza al viejo Bob, que regentaba la gasolinera desde hacía 35 años. Le robaron 23 $ y a cambio le dejaron dos costillas fisuradas y muchas contusiones. Desde entonces, George salía poco a la calle, temiendo encontrarse con los Turder. Pero ese día tenía que comprar provisiones. Se los encontró de vueta, cuando creía que estaba a salvo. No le pegaron. Se limitaron a empaparle y llenarle la boca de aguarrás. George prendío como una tea. Sus ojos se derriteron en las cuencas. La carne de la boca ardió hasta el hueso. Las ampollas estallaban y le hacían perder líquido. Al inspirar abrasó sus pulmones. Tras un minuto ardiendo, murió. Para él, fue como un año.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)