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Delmont

Delmont era camionero. Pasaba largas jornadas montado en su camión para sacar adelante a su familia, pero no llegaban a fin de mes. La crisis le había golpeado como al resto del mundo y las deudas se amontonaban a los pies de su puerta. Estando en ruta, un día su camión le dejó tirado. Sin dinero para un mecánico, Delmont abrió el capó del camión y se dispuso a arreglarlo. En pocos minutos, encontró el problema: un cable suelto que, una vez encajado, hizo que el motor comenzara a girar. El destino quiso que la bufanda que le regaló su hija Mary-An se enganchara en un engranaje. Poco a poco, la cara de Delmont se fue acercando hacia el ventilador del enorme motor. Él tiraba hacia atrás pero la atracción era brutal. Poco a poco, el ventilador fue limándole la cara. Empezando por la nariz, pronto llegó a los pómulos y los ojos de Delmont, que desapareció en una nube de cerebro y sangre. Su mujer no pudo pagarle un entierro. 

Enos

Enos trabajaba limpiando ventanas en rascacielos. Tenía muchas deudas y no podía permitirse el no ir a trabajar, por lo que, el día de su muerte, un notable catarro aquejaba a Enos. Cuando había limpiado las dos terceras partes del edificio, un mareo le sobrevino y no pudo agarrase a nada. Cayó de la estructura en la que trabajaba. A dos metros del suelo el sistema de seguridad funcionó y lo detuvo en seco. Todavía con el susto, Enos se quitó el arnés de seguridad, pero al pasarlo por debajo de su pie izquierdo, se tropezó y cayó al suelo. Un autobús le atropelló la cabeza, que explotó esparciendo los fluidos que contenían todo el ser de Enos.

Lucas

Lucas era sexador de pollitos. Se pasaba la vida echando pollitos hembra a una cinta y machos a otra. Los pollitos que no cumplían el estándar debían ser tirados a un horno, pero Lucas no lo hacía. Se guardaba los pollitos deformes en los bolsillos y los llevaba a su casa. Allí, los guardaba en el sótano hasta que juntaba los suficientes como para que no se viese el suelo. Entonces Lucas se ponía unas grandes botas, bajaba al sótano y pisoteaba los pollitos hasta que no quedaba ninguno vivo. Un día, en pleno éxtasis pisoteador, resbaló con el amasijo de fluidos y plumitas en que habían quedado convertidos los pollitos y cayó al suelo. Su cara dio de lleno contra un grupo de pollitos vivos que, al mirar hacia arriba, clavaron sus picos en los ojos de Lucas. Loco de dolor, comenzó a gritar y a correr. Con el fluido ocular sus ojos goteando por la cara, no vio que corría directo a una mesa de herramientas. Se clavó en la cara una hoz, cuya punta salió por la parte trasera de su cráneo. Los pollitos supervivientes picotearon su cadáver hasta dejarlo irreconocible.

Margaret

Margaret trabajaba en la oficina de un banco y quería ascender en su trabajo, el problema era que no sabía cómo hacerlo. Había trabajado duramente desde que entró en la empresa y había hecho ganar mucho dinero al banco, pero su jefe parecía ignorar su existencia. Una tarde, poco antes de cerrar, un yonqui entró en la sucursal con intención de robarla; empuñaba un arma y parecí alterado. Margaret vio en ese yonqui la oportunidad de medrar en su trabajo, por lo que salió de su cubil e intentó negociar con el atracador. El yonqui, paranoico debido a la droga, disparó a Margaret en el ojo derecho, que desapareció en una nube de sangre, fluido ocular y cerebro.

Otis

Otis no hacía caso a su madre cuando le decía que no bailara en la ducha. A él le daba igual lo que dijera su madre, él era así, le encantaba bailar bajo el agua. Y lo hacía, hasta que un día resbaló y se clavó el grifo en el ojo. Del golpe, Otis se partió el cuello y quedó tetrapléjico, no notaba nada de cuello para abajo, pero sí que notaba el grifo clavado en su ojo de manera tan profunda que su cabeza no tocaba el suelo. Fue desangrándose lenta y dolorosamente.

Norm

Norm tenía miedo a los dentistas desde que tenía uso de razón y eso era un problema, ya que, tras 24 años sin visitar al dentista tenía varias muelas picadas. No le quedaba más remedio. Acudió a la consulta acongojado por las pesadillas de la noche anterior. Se acomodó en la silla y siguió las indicaciones del odontólogo, que le pidió que abriese la boca mientras cogía el torno. Al girarse, el dentista tropezó con un cable y cayó de bruces clavando el torno en el ojo de Norm. El torno se abrió camino por la dulce pulpa ocular de Norm y llegó al cerebro. Norm no pudo gritar. El miedo lo paralizó hasta su muerte.

Dakota

Dakota era una química de segunda que trabajaba en un gran laboratorio. Llevaba años enquistada en un puesto sin futuro, haciendo lo que le mandaban y sin medrar. Pero eso iba a cambiar. Tabajaba en secreto en una fórmula que de funcionar, le daría un fuerte impulso a su carrera. Lo que no sabía es que estaba diseñando una mezcla altamente inestable. Al combinar los elementos que ella creía que le catapultarían al estrellato, el matráz estalló salpicando a Dakota de fragmentos de vídro y bañándola con una mezcla muy corrosiva. Su cara se derritió en un charco sanguinolento. Dakota vivió 30 segundos de pura agonía mientras el ácido le llegaba al cerebro.