Charlton estaba que no cabía en sí de gozo. Era su cumpleaños y, de entre las muchas llamadas que había recibido, una le había dado la mejor noticia en meses: le habían contratado en un empleo y podría así dejar su actual trabajo, en el que estaba contratado con unas pésimas condiciones y en el que tenía un despótico jefe que lo humillaba a diario. Con esta buena nueva, comenzó a preparar el ágape de su fiesta de cumpleaños. Había invitado a todos sus amigos y se había propuesto sorprenderles con un menú preparado por él mismo. Tras dos horas de trabajo, tenía todo listo y solo restaba freír las patatas. Llenó una gran sartén de aceite de girasol y la puso al fuego. Mientras el fuego calentaba el aceite, se dispuso a limpiar la cocina, que estaba bastante sucia tras preparar en ella un menú para más de quince personas. Sin darse cuenta, el agua del fregadero cayó al suelo mientras Charlton fregaba. A los pocos minutos, el aceite comenzó a humear cuando llegó a los ciento ochenta grados y Charlton se giró para echar las patatas. La fatalidad quiso que resbalara con el agua del suelo y cayese golpeando el mango de la sartén, que hizo de catapulta vertiendo el aceite hirviendo en la cara de Charlton, que se fundió junto con los ojos en una humeante fritura del infierno. Los gritos de Charlton, al que se le derretía la cara, inundaron la edificio. Comenzó a dar bandazos a ciegas por la cocina, atravesando el cristal del ventanal que daba a la calle y cayendo al vació tras tropezar con la barandilla. El cuerpo de Charlton reventó contra la acera salpicando de carne y vísceras a sus invitados, que estaban congregados abajo para darle una sorpresa.
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