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Ray-Nathan

Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.

Gillmore

Gillmore era un tiránico vendedor de informática que hacía lo que fuera por ascender. Engañaba a los clientes, trataba mal a sus compañeros, robaba... Todos lo sabían, pero le temían y no le denunciaban a sus superiores. Las pocas veces que un compañero se había quejado, habían terminado con ese compañero en el hospital y con Gillmore con los nudillos enrojecidos. Llegó un día en que los compañeros no aguantaron más y decidieron vengarse. Cinco de ellos le esperaron una madrugada cerca de su casa con intención de darle una paliza. Gillmore vivía en una apartada casa, de modo que nadie escucharía sus gritos. Le abordaron con pasamontañas y, ante su sorpresa, Gillmore se defecó encima. Las risas no tardaron en aparecer y, en vez de continuar con lo que tenían pensado, se quitaron los pasamontañas. Gillmore palideció y se fue corriendo y llorando a su casa. Más tarde, esa noche, se tiró por la ventana, pero de tan poca altura que no murió. Se rompió el cuello. Inmovilizado, no pudo hacer nada cuando las ratas aparecieron y comenzaron a dar cuenta de sus genitales y de sus fluidos oculares.

Vinton

Vinton era un rudo operario de grúa en la construcción no muy apreciado por sus compañeros, ya que no era de fiar y trataba muy mal a los novatos, llenándoles las botas de seguridad de heces, gritándoles por nada... La tensión en la jornada laboral era palpable, de modo que, para intentar solucionarlo, el jefe de Vinton decidió ponerlo en el turno de noche. Solo. En su primera noche, un colérico Vinton, se dedicó a hacer mal su trabajo, moviendo material que no debía mover y rozando todo con el enorme gancho de su grúa, hasta que ocurrió lo inevitable y la pluma se atascó a 12 metros del suelo. Vinton subió con una barra de acero por la pluma hasta el extremo de la misma para ver si podía desatascar el gancho. La fatalidad quiso que resbalara y cayese al vacío hasta que su mandíbula se clavó en el gancho de la grúa. El gancho le atravesó la boca y el paladar hasta llegar a su globo ocular derecho, donde quedó encajado mientras su cara se iba rasgando. Finalmente, su cara cedió y Vinton reventó contra el suelo.

Waynelle

Waynelle corría por la calle feliz. No se lo podía creer, pero había comprado un rasca y huele de la lotería de su condado y le habían tocado 10.000 dólares. La acera se le quedaba pequeña de lo rápido que corría y, justo cuando iba a cruzar la carretera, la bocina de un coche le hizo parar en seco. El coche frenó quedándose a pocos centímetros de Waynelle, que suspiró de alivio. De pronto un agudo frenazo llenó el ambiente y antes de que se diera cuenta de lo que pasaba, Waynelle se vio atravesada por decenas de barras de acero. Un camión había chocado contra el coche que casi atropella a la feliz Waynelle, proyectando su mortal carga hacia adelante. Ahora Waynelle yacía moribunda en el suelo, con barras de acero atravesándole el tórax, los miembros, uno de sus ojos... mientras veía con el ojo que le quedaba cómo el boleto de lotería volaba con el viento. Luego el fluido de su propio globo ocular le llegó a la boca, lo saboreó, y murió.

Jim Bob

Jim Bob era como un niño grande. Le gustaban los dibujos, comía siempre macarrones con tomate, hacía dibujos de animales mitológicos como el ligre y jugaba con niños de 6 años. Pero Jim Bob no tenía 6 años, tenía 28, una fuerza bruta a la altura de su edad y la edad mental de un párvulo. Sus padres y los padres de los niños con los que Jim Bob jugaba, veían con buenos ojos que el grandullón se llevara bien con los menores, ya que Jim Bob no tenía maldad. Pero al igual que un niño arranca las alas a una mosca no por maldad, sino por curiosidad, Jim Bob se dedicó una tarde a introducir sus fornidos pulgares en las cuencas oculares de sus amigos por la curiosidad que le creaba el fluido ocular descendiendo por su mano.

Bort

Bort era un solitario anciano que se pasaba las tardes dando de comer a las palomas del parque. Su mujer había muerto hacía un año y sus hijos no le visitaban porque vivían lejos. Se sentía muy solo y, todas las tardes, lloraba en compañía de las palomas. Sus únicas amigas. Un día, tras pasar toda la tarde en un solitario parque, rodeado de palomas, Bort se puso en pie y le sobrevino un mareo repentino. Cayó de lado y se golpeó la cabeza contra el banco. Quedó paralizado completamente al romperse el cuello. Sin poder moverse, Bort vio cómo las palomas comenzaron a picotearle los ojos y la cara hasta que murió de puro dolor.

Pervis

Pervis tenía un espectáculo de magia en un local de mala muerte. El ansiaba triunfar y actuar en los grandes teatro de todo el mundo. Para ello, ideó un truco en el que usaba un babuino. Consiguió uno por mediación de un amigo que trabajaba en el zoo. Llegó el gran día. El telón se levantó y el show comenzó. Pervis empezó confiado, haciendo algunos trucos menores. Cuando llegó el gran momento, abrió la jaula del grotesco simio que, al verse rodeado de tanta gente, se puso nervioso y se lanzó a por la cara del desdichado mago. Comenzó a arañar y morder los ojos de Pervis. El fluido ocular bañaba la cara de la bestia mientras gruñía y mordía. Pervis murió desangrado ante las gentes del público, que aplaudían pensando que todo formaba parte del show.

Lucas

Lucas era sexador de pollitos. Se pasaba la vida echando pollitos hembra a una cinta y machos a otra. Los pollitos que no cumplían el estándar debían ser tirados a un horno, pero Lucas no lo hacía. Se guardaba los pollitos deformes en los bolsillos y los llevaba a su casa. Allí, los guardaba en el sótano hasta que juntaba los suficientes como para que no se viese el suelo. Entonces Lucas se ponía unas grandes botas, bajaba al sótano y pisoteaba los pollitos hasta que no quedaba ninguno vivo. Un día, en pleno éxtasis pisoteador, resbaló con el amasijo de fluidos y plumitas en que habían quedado convertidos los pollitos y cayó al suelo. Su cara dio de lleno contra un grupo de pollitos vivos que, al mirar hacia arriba, clavaron sus picos en los ojos de Lucas. Loco de dolor, comenzó a gritar y a correr. Con el fluido ocular sus ojos goteando por la cara, no vio que corría directo a una mesa de herramientas. Se clavó en la cara una hoz, cuya punta salió por la parte trasera de su cráneo. Los pollitos supervivientes picotearon su cadáver hasta dejarlo irreconocible.

Margaret

Margaret trabajaba en la oficina de un banco y quería ascender en su trabajo, el problema era que no sabía cómo hacerlo. Había trabajado duramente desde que entró en la empresa y había hecho ganar mucho dinero al banco, pero su jefe parecía ignorar su existencia. Una tarde, poco antes de cerrar, un yonqui entró en la sucursal con intención de robarla; empuñaba un arma y parecí alterado. Margaret vio en ese yonqui la oportunidad de medrar en su trabajo, por lo que salió de su cubil e intentó negociar con el atracador. El yonqui, paranoico debido a la droga, disparó a Margaret en el ojo derecho, que desapareció en una nube de sangre, fluido ocular y cerebro.

Otis

Otis no hacía caso a su madre cuando le decía que no bailara en la ducha. A él le daba igual lo que dijera su madre, él era así, le encantaba bailar bajo el agua. Y lo hacía, hasta que un día resbaló y se clavó el grifo en el ojo. Del golpe, Otis se partió el cuello y quedó tetrapléjico, no notaba nada de cuello para abajo, pero sí que notaba el grifo clavado en su ojo de manera tan profunda que su cabeza no tocaba el suelo. Fue desangrándose lenta y dolorosamente.

Norm

Norm tenía miedo a los dentistas desde que tenía uso de razón y eso era un problema, ya que, tras 24 años sin visitar al dentista tenía varias muelas picadas. No le quedaba más remedio. Acudió a la consulta acongojado por las pesadillas de la noche anterior. Se acomodó en la silla y siguió las indicaciones del odontólogo, que le pidió que abriese la boca mientras cogía el torno. Al girarse, el dentista tropezó con un cable y cayó de bruces clavando el torno en el ojo de Norm. El torno se abrió camino por la dulce pulpa ocular de Norm y llegó al cerebro. Norm no pudo gritar. El miedo lo paralizó hasta su muerte.

Junior

Junior tenía prohibido por su madre correr con las tijeras en la mano. Pero él, como era natural, no le hacía caso. A Junior le gustaba mucho hacer formas y figuras con cartulinas e iba de aquí para allá con las tijeras en la mano. El destino quiso que su gato Mitones se cruzara en su camino y se tropezó. Cayó al suelo y las tijeras se le clavaron en el ojo izquierdo tan profúndamente que se hizo una auto lobotomía frontal. Junior pasó el resto de su vida con un hilo de baba en la comisura de los labios y cortándose trozos de su cuerpo.