Bucephelus y Bernadette

Bucephelus y Bernadette llevaban juntos muchos años y se querían con locura, por lo que casarse era el siguiente paso natural. A Bucephelus se le ocurrió sorprender a Bernadette al pedirle la mano, por lo que la invitó a tirarse en paracaídas y, sin decirle nada, preparó una pancarta en la que le pedía que se casara con él. Unos amigos acompañaron a la pareja, que se tiró en tándem, y se encargarían de enseñar el cartel. Cuando se situaron a 8000 metros, se lanzaron. Al poco, los amigos de Bucephelus y Bernadette sacaron el cartel y Bernadette gritó que sí quería. Todo fue felicidad durante unos segundos, hasta que Bucephelus tiró de la anilla y no se abrió el paracaídas. Siguieron cayendo a velocidad terminal entre gritos y vómitos hasta que se estamparon contra el suelo. El golpe licuó el interior de los cuerpos, que se rasgaron y quebraron esparciendo fluidos por todas partes. Finalmente, Bucephelus y Bernadette terminaron juntos -y revueltos- para siempre.

Kimberly

Kimberly se había hecho enfermera para salvar vidas. Para estar más cerca de la acción aceptó como destino una ambulancia, de manera que siempre acudiría a accidentes o situaciones de urgencia. Una lluviosa noche, mientras llevaban a un paciente al hospital, al que Kimberly estaba dando descargas con el desfibrilador, una anciana se cruzó en el camino de la ambulancia y el conductor no pudo esquivarla. La ambulancia atropelló a la anciana esparciendo sus restos por la calle. El conductor dio un volantazo haciendo volcar la ambulancia, que comenzó a dar vueltas de campana. Kimberly, en la parte trasera, comenzó a golpearse contra los armarios de suministros médicos. Multitud de agujas, termómetros y demás material médico se le clavaron por todo el cuerpo. Cuando todo terminó, Kimberly agonizaba sangrante en el suelo. Tenía un bisturí clavado en la cara y cuando fue a quitárselo golpeó el desfibrilador, que cayó encima de su cabeza. Le dio una descarga que hizo que sus ojos hirvieran en sus cuencas y Kimberly, finalmente, murió.

Amaleen

Amaleen era una analfabeta paleta de un pueblo perdido en el sur de los Estados Unidos. Su vida consistía en beber cerveza con sus amigos, tener hijos, y comer frijoles directamente de la lata. Un día, la feria llegó a su polvoriento pueblo y decidieron ir a pasarlo en grande. Sobra decir que iban borrachos y no les dejaron subirse en la montaña rusa. Llenos de ira, Amaleen y sus amigos esperaron a que la feria cerrara por la noche y se colaron dentro. Tocaron botones al azar en el cuadro de mandos de la atracción hasta que la pusieron en marcha y subieron. El alcohol, junto con los giros de la montaña rusa, hicieron que Gunter, un amigo de Amaleen, le vomitara encima. Ella, por acto reflejo, se puso en pie al recibir la vomitona justo cuando pasaban por un túnel, que le seccionó la cabeza y los brazos. El cuerpo mutilado de Amaleen siguió montado en el vagón mientras la sangre manaba sin parar de los muñones.

Pervis

Pervis tenía un espectáculo de magia en un local de mala muerte. El ansiaba triunfar y actuar en los grandes teatro de todo el mundo. Para ello, ideó un truco en el que usaba un babuino. Consiguió uno por mediación de un amigo que trabajaba en el zoo. Llegó el gran día. El telón se levantó y el show comenzó. Pervis empezó confiado, haciendo algunos trucos menores. Cuando llegó el gran momento, abrió la jaula del grotesco simio que, al verse rodeado de tanta gente, se puso nervioso y se lanzó a por la cara del desdichado mago. Comenzó a arañar y morder los ojos de Pervis. El fluido ocular bañaba la cara de la bestia mientras gruñía y mordía. Pervis murió desangrado ante las gentes del público, que aplaudían pensando que todo formaba parte del show.

Elrod

Elrod llevaba en una silla de ruedas desde que tenía uso de razón. Pero se abrió un rayo de esperanza: su médico quería probar una terapia experimental con él. Era un terapia que tenía un 90% de posibilidades de éxito. El gran día llegó y Elrod, lleno de esperanza, se prestó de todo corazón a ello. La operación no salió como esperaban. El doctor dañó la médula espinal y Elrod despertó paralizado totalmente. Tras dos meses paralizado, Elrod no podía más. Pidió a su medico que terminara con su sufrimiento. El médico, sintiéndose responsable, lo hizo, y luego se disparó con una escopeta de caza en la cara.

Enos

Enos trabajaba limpiando ventanas en rascacielos. Tenía muchas deudas y no podía permitirse el no ir a trabajar, por lo que, el día de su muerte, un notable catarro aquejaba a Enos. Cuando había limpiado las dos terceras partes del edificio, un mareo le sobrevino y no pudo agarrase a nada. Cayó de la estructura en la que trabajaba. A dos metros del suelo el sistema de seguridad funcionó y lo detuvo en seco. Todavía con el susto, Enos se quitó el arnés de seguridad, pero al pasarlo por debajo de su pie izquierdo, se tropezó y cayó al suelo. Un autobús le atropelló la cabeza, que explotó esparciendo los fluidos que contenían todo el ser de Enos.

Lucas

Lucas era sexador de pollitos. Se pasaba la vida echando pollitos hembra a una cinta y machos a otra. Los pollitos que no cumplían el estándar debían ser tirados a un horno, pero Lucas no lo hacía. Se guardaba los pollitos deformes en los bolsillos y los llevaba a su casa. Allí, los guardaba en el sótano hasta que juntaba los suficientes como para que no se viese el suelo. Entonces Lucas se ponía unas grandes botas, bajaba al sótano y pisoteaba los pollitos hasta que no quedaba ninguno vivo. Un día, en pleno éxtasis pisoteador, resbaló con el amasijo de fluidos y plumitas en que habían quedado convertidos los pollitos y cayó al suelo. Su cara dio de lleno contra un grupo de pollitos vivos que, al mirar hacia arriba, clavaron sus picos en los ojos de Lucas. Loco de dolor, comenzó a gritar y a correr. Con el fluido ocular sus ojos goteando por la cara, no vio que corría directo a una mesa de herramientas. Se clavó en la cara una hoz, cuya punta salió por la parte trasera de su cráneo. Los pollitos supervivientes picotearon su cadáver hasta dejarlo irreconocible.

Trixibelle

Trixibelle navegaba rumbo a Ibiza en el ferry. Para dar inicio a sus vacaciones, sus amigas y ella habían estado bebiendo y se paseaban peligrosamente borrachas por cubierta. Un enorme ola zarandeó el barco justo cuando Trixibelle saltaba de felicidad. Cayó por la borda y fue absorbida por las hélices, que le cortaron las piernas. Trixibelle, aun consciente, flotó hasta la superficie donde vivió 2 minutos mientras cientos de peces mordisqueaban sus muñones.

Rosseta

Rosseta era feliz. Se había casado con el hombre más maravilloso del mundo y estaban de viaje de novios en Hawai. Habían bebido, paseado y hecho el amor como nunca. Se les ocurrió que sería fantástico bucear en el arrecife, por lo que alquilaron una barca y el equipo necesario. A los cinco minutos de zambullirse en el cálido agua, Rosseta dio con un nido de morenas, que se sintieron amenazadas y la mordieron hasta la muerte. Rosseta terminó hecha pedazos entre gran agonía mientras su marido lo veía todo. Poco después, se suicidó.

Margaret

Margaret trabajaba en la oficina de un banco y quería ascender en su trabajo, el problema era que no sabía cómo hacerlo. Había trabajado duramente desde que entró en la empresa y había hecho ganar mucho dinero al banco, pero su jefe parecía ignorar su existencia. Una tarde, poco antes de cerrar, un yonqui entró en la sucursal con intención de robarla; empuñaba un arma y parecí alterado. Margaret vio en ese yonqui la oportunidad de medrar en su trabajo, por lo que salió de su cubil e intentó negociar con el atracador. El yonqui, paranoico debido a la droga, disparó a Margaret en el ojo derecho, que desapareció en una nube de sangre, fluido ocular y cerebro.

Ray-Nathan

Ray-Nathan llevaba más de 10 años viviendo en la calle. Una mala racha le dejó sin nada y una peor lo mantenía hundido. Su vida era muy dura. Solía usar los contenedores de basura para dormir sin pasar frio por la noches. Un día se encontró 5 euros delante de un vendedor de lotería. Ray-Nathan lo tomó como una señal y compró una participación. Esa noche, como tantas otras, se metió en un contenedor, pero esa noche, a diferencia de otras, el camión de la basura pasó un hora más tarde. El contenido del contenedor terminó en las entrañas del camión y Ray-Nathan fue triturado junto a miles de kilos de basura maloliente. Al día siguiente, el número de Ray-Nathan resultó agraciado.

Helmer

Helmer murió de golpe. Parecía sano al irse a la cama, y a la mañana siguiente su mano colgaba inerte del borde de la cama. Su familia, destrozada, encargó el funeral, el entierro y todo lo necesario para que Helmer cenara tortilla de patatas con el Señor. Milagrosamente, Helmer regresó a la vida. Su familia, lejos de alegrarse, se enfadó porque ya habían pagado todo, por lo que decidieron ponerle un minibar en el ataúd y enterrarlo de todas maneras. Helmer murió borracho.

Tiberius

Tiberius trabajaba de cocinero en un restaurante italiano. A pesar de llevar toda la vida trabajando como tal, nunca había destacado y era "el chico de la salsa de tomate". Pero si había algo en o que sí destacaba Tiberius, era en lo guarro que era. Dejaba siempre el suelo lleno de salsa e ingredientes. Su jefe le llamaba la atención cada dos por tres por esa razón, pero era inútil. Un día, en pleno servicio, Tiberius tuvo la urgente necesidad de ir al servicio ya que tenía diarrea, así que salió corriendo al baño. El suelo estaba lleno de salsa y al pasar corriendo Tiberius resbaló. Se golpeó contra una encimera y los cuchillos que estaban en el imán de la pared cayeron y se le clavaron en la nuca y decapitándolo casi por completo. Su cabeza quedó sujeta sólo por un jirón de carne.

Ludovico

Ludovico había hecho realidad su sueño de ir a África de misionero. Sierra Leona había sido su elección y se encontraba echando una mano en un campo de refugiados. Los niños del campo le dijeron que le querían mucho y que tenían preparada una sorpresa. Se lo llevaron a una zona apartada. Ludovico se fiaba, al fin y al cabo, sólo eran niños. De pronto, unos amenaadores jovenes les salieron al paso y después de intercambiar unas palabras con los niños, les dieron unos botes de comida. Ludovico no entendía nada, hasta que los machetes relucieron. Los jovenes le dieron machetazos en el cuerpo cuidando de no matarle demasiado pronto. Un machetazo en plena cara acabó con la agonía de Ludovico.

Woodrow

Woodrow pensaba que nadie le podía decir cómo tenía que conducir. Nadie le debería decir si podía beber o si tenía que llevar el cinturón o no. Y así lo pensó hasta que, en el último segundo de su vida, mientras empotraba su coche contra un camión, atravesaba el parabrisas dejando restos de su cara por todas partes y era atravesado por miles de tubos de acero que conformaban la carga del camión, se dió cuenta que era imbecil.

Deerwood

Deerwood trabajaba en el zoo limpiando los excrementos de los animales. Era un trabajo que le amargaba la existencia, los niños le lanzaban cacahuetes cuando salía a recoger las heces, y él lo pagaba con los animales. Los pegaba y maltrataba mientras limpiaba. Una aciaga noche, en la que se encontraba sólo en el zoo, entró en la jaula de los jabalíes para limpiar. Cogió la manguera y se detuvo a la altura de los comederos, la conectó al grifo sin darse cuenta de que la tenía enroscada en el pie. Al darle al paso del agua, la fuerte presión tensó la manguera y tiró de espaldas a Deerwood. Cayó contra una piedra y quedó parapléjico. Además se hizo un corte en la cara desde el que empezó a manar abundante sangre. Los jabalíes, hambrientos, al oler la sangre se acercaron curiosos. Eran 15 y empezaron a probar la sangre, primero dando lametazos y luego pequeños mordiscos. Pronto empezaron a morder a diestro y siniestro, destrozando la cara a Deerwood, cuyos gritos eran ahogados por los gruñidos histéricos de los animales.

Otis

Otis no hacía caso a su madre cuando le decía que no bailara en la ducha. A él le daba igual lo que dijera su madre, él era así, le encantaba bailar bajo el agua. Y lo hacía, hasta que un día resbaló y se clavó el grifo en el ojo. Del golpe, Otis se partió el cuello y quedó tetrapléjico, no notaba nada de cuello para abajo, pero sí que notaba el grifo clavado en su ojo de manera tan profunda que su cabeza no tocaba el suelo. Fue desangrándose lenta y dolorosamente.

Norm

Norm tenía miedo a los dentistas desde que tenía uso de razón y eso era un problema, ya que, tras 24 años sin visitar al dentista tenía varias muelas picadas. No le quedaba más remedio. Acudió a la consulta acongojado por las pesadillas de la noche anterior. Se acomodó en la silla y siguió las indicaciones del odontólogo, que le pidió que abriese la boca mientras cogía el torno. Al girarse, el dentista tropezó con un cable y cayó de bruces clavando el torno en el ojo de Norm. El torno se abrió camino por la dulce pulpa ocular de Norm y llegó al cerebro. Norm no pudo gritar. El miedo lo paralizó hasta su muerte.

Lulabelle

Lulabelle iba de camino a su trabajo, como un día cualquiera. Pero ese no iba a ser un día cualquiera. Ella no lo sabía, pero iba a recibir un mensaje que le cambiaría la vida por completo. Lo poco que le quedaba de ella. Sacó el móvil. El mensaje era de su doctor. Las pruebas eran negativas; había superado la leucemia. Llevaba años esperando esa noticia. No cabía en sí de gozo. Empezó a correr, a disfrutar de la vida. Al cruzar la calle no vió el camión que circulaba a 50 km/h. El golpe la reventó por dentro y esparció sus entrañas 15 metros.

Dakota

Dakota era una química de segunda que trabajaba en un gran laboratorio. Llevaba años enquistada en un puesto sin futuro, haciendo lo que le mandaban y sin medrar. Pero eso iba a cambiar. Tabajaba en secreto en una fórmula que de funcionar, le daría un fuerte impulso a su carrera. Lo que no sabía es que estaba diseñando una mezcla altamente inestable. Al combinar los elementos que ella creía que le catapultarían al estrellato, el matráz estalló salpicando a Dakota de fragmentos de vídro y bañándola con una mezcla muy corrosiva. Su cara se derritió en un charco sanguinolento. Dakota vivió 30 segundos de pura agonía mientras el ácido le llegaba al cerebro.

Wilfred

Wilfred trabajaba de sol a sol en el campo. Lo recorría con su cosechadora haciendo fardos de paja que, posteriormente, acumulaba en grandes montones para su venta o para el consumo de sus reses. Un aciago día, Wilfred despertó convaleciente de un resfriado. Pero eso no le podía retener en casa. Salió con su cosechadora bajo el ardiente sol de agosto. A medio día su fiebre empeoró. Estaba mareado. El impenitente sol lo estaba abrasando. Finalmente se desvaneció. Cayó en la cosechadora, que lo desmembró y formó un fardo con su maltrecho y sanguinolento cuerpo.

Cletus

Cletus y sus amigos demostraban lo duros que eran de una peligrosa manera: se tumbaban en las vías del tren y el que más aguantaba antes del paso de uno, era el ganador. A Cletus no le gustaba perder, y por eso siempre había sido el que más aguantaba. Pero un día a un amigo suyo, Rusty, por esperar demasiado, el tren le amputó un brazo y todos los chicos le alabaron como un héroe. Cletus no iba a dejar que Rusty fuera más duro que él. Puso la cabeza en las vías y aguantó tanto que el tren se la reventó. Y es que, como he contado, a Cletus no le gustaba perder.

George

A pesar de que le dijeron que no lo hiciera, George denunció lo que había visto. Los hermanos Turder dieron una brutal paliza al viejo Bob, que regentaba la gasolinera desde hacía 35 años. Le robaron 23 $ y a cambio le dejaron dos costillas fisuradas y muchas contusiones. Desde entonces, George salía poco a la calle, temiendo encontrarse con los Turder. Pero ese día tenía que comprar provisiones. Se los encontró de vueta, cuando creía que estaba a salvo. No le pegaron. Se limitaron a empaparle y llenarle la boca de aguarrás. George prendío como una tea. Sus ojos se derriteron en las cuencas. La carne de la boca ardió hasta el hueso. Las ampollas estallaban y le hacían perder líquido. Al inspirar abrasó sus pulmones. Tras un minuto ardiendo, murió. Para él, fue como un año.

Chuy

Chuy quería ser como sus primos mayores. Ellos triunfaban en la playa surfeando y se llevaban a todas las chicas, mientras él se aburría en la orilla haciendo castillos de arena. Harto, decidió que se lanzaría al agua. Sería uno más. Lo primero que hizo fue coger unos pocos polvitos blancos de sus primos. Ellos siempre los tomaban para salir a surfear por lo que Chuy decidió que serían necesarios. De pronto se sintió eufórico. Cogió una tabla y se lanzó en busca de las olas con la cara blanca. Sus primos vieron cómo cogía una ola. Cómo realizaba un impecable Take Off. Cómo se acercaba de nuevo a la ola gracias a un brillante Cut Back. Cómo pasaba por encima de otros suferos abriéndoles la cabeza mientras gritaba. Cómo destrozaba su cara contra unas rocas submarinas. Cómo su cuerpo quedaba flotando mientras la sangre tenía el mar.

Charlie

Charlie era bajito. No llegaba al enanismo, pero era bajito, aunque esa explicación nunca disuadió a sus compañeros para que no se burlaran de él. Un día, de excursión en un parque de atracciones, a Charlie no le dejaron subirse a una atracción infantil porque no llegaba al mínimo de altura. Sus compañeros lo humillaron y le lanzaron cacahuetes delante de los visitantes del parque, que se unieron a las burlas. Esa fue la gota que colmó su pequeño vaso. Se lanzó a los engranajes de una atracción, que lo despedazaron lentamente, con gran agonía.

Junior

Junior tenía prohibido por su madre correr con las tijeras en la mano. Pero él, como era natural, no le hacía caso. A Junior le gustaba mucho hacer formas y figuras con cartulinas e iba de aquí para allá con las tijeras en la mano. El destino quiso que su gato Mitones se cruzara en su camino y se tropezó. Cayó al suelo y las tijeras se le clavaron en el ojo izquierdo tan profúndamente que se hizo una auto lobotomía frontal. Junior pasó el resto de su vida con un hilo de baba en la comisura de los labios y cortándose trozos de su cuerpo.

Rupert

Rupert tenía hambre pero no le quedaba comida. Era dificil conseguir su comida preferida, de modo que pidió una pizza. Cuando llegó la pizza, se comió al pizzero.

Señor Dunbar

El señor Dunbar estaba harto de que los niños pisaran sus flores. La primera vez fue sin querer, pero luego, viendo cómo se enfadaba, los niños pisoteban todas las semanas las flores del señor Dunbar. De modo que un día decidió poner cepos para osos debajo de las flores. Los niños, sin conocer los funestos planes del anciano, volvieron con la intención de pisar las flores. Lo consiguieron, pero a cambio sus piernas les fueron amputadas. El señor Dunbar, a modo de aviso, plantó los miembros seccionados como trofeos.

Brandine

Brandine disfrutaba poniendo monedas en vías ferroviarias y viendo cómo los trenes las dejaban planas. Solía poner monedas de 1 o 2 céntimos, hasta que un día puso una de 2 para ver cómo quedaba. La moneda, cuando el tren pasó por encima, salió disparada y se clavó en la cara de Brandine.

Bert

Bert aguardaba este día desde hacía meses. Iba a ver al Papa a su llegada al aeropuerto. Hacía calor y llevaba horas de espera. Por fin, el avión tocó tierra y la enfervorecida multitud estalló de júbilo. Tras unos minutos de inaguantable espera, el avión se detuvo a pocos metros de Bert, que no pudo más. Salió corriendo hacia el avión saltándose los controles de seguridad. Antes de que pudiera llegar a la escalera, fue succionado por una turbina y la pulpa a la que quedó reducido bañó a todos los presentes, incluido el Papa. Por fin Bert había cumplido su sueño: tocar al Papa.

Rufus

Rufus estaba muy orgulloso. Terminaba su primera ronda en solitario desde que salió de la academia de policía. El día transcurrió con normalidad y volvía a casa con el deber cumplido. A dos manzanas de su domicilio, observó a un joven que empuñaba un arma. Nervioso, paró cerca, se bajó del coche y se acercó con cautela. Sacó su 9mm reglamentaria. Al llamar la atención del joven, éste se giró hacia Rufus. Sonó un disparo. El joven cayó con media cabeza arrancada. En su mano, un platano manchado de cerebro. Rufus no lo superó. Se suicidó dejando a su viuda embarazada de 7 meses destrozada.

Marcus

Marcus se cagó en una reunión de su empresa. Sus compañeros, lejos de ser comprensivos, le lanzaron gomas de borrar y se rieron de él. Marcus entró en una depresión tan grande que la única manera de salir de ella fue poniendo una bomba en su empresa. Esperó a la próxima reunión e instaló una bomba en el proyector. Al ser conectado, los 4 kilos de C4 estallaron despadazando y esparciendo por las paredes a los presentes. Con todos sus compañeros muertos, Marcus pudo seguir adelante.

Eddie

Tras 40 años como policía, Eddie se jubilaba. En su última ronda acudió a una llamada de emergencia. Al llegar se encontró con los cadáveres destripados, colgados y parcialmente devorados por perros de dos gemelas. Fue demasiado. Eddie sacó su arma reglamentaria y se disparó a la cara. Murió allí mismo y nunca se llegó a jubilar.

Clifton

Clifton y su mujer Mandy habían sido felices durante más de 60 años, pero eso estaba olvidado. Mandy llevaba 2 años postrada en la cama con la movilidad de una pera y había tomado una decisión: morir con dignidad y de manera rápida. Clifton, que la amaba con locura, respetaba la decisión. El cianuro estaba listo. La fatalidad quiso que Clifton tropezara al ir a dárselo y se rompiera el cuello. Quedó inválido y ambos murieron agónicamente de sed.

Huan Yue

Huan Yue estaba harto de que en su clase dijeran que en el restaurante de su famila se usaban gatos y perros para hacer cerdo agridulce. Decidió vengarse invitando a sus maltratadores a unos rollitos de primavera hechos con sus animales de compañía. Ellos no se lo tomaron bien y destrozaron la cabeza de Huan Yue. Por no desperdiciar la carne, la familia de Huan Yue usó su cadaver para hacer cerdo agridulce.

Bobby Joe

Bobby Joe era pastor y se sentía solo. Se pasaba los días en el monte, con sus cabras como única compañía. Llegó un momento en que la soledad era insoportable, de modo que violó a una de sus cabras. Su favorita, su ganadora, su amor. Pero el destino reservaba a Bobby Joe una infección masiva que empezó en su pene, como consecuencia del acto sexual contranatura. Murió sólo y fue devorado por sus hambientas cabras.

Wilbur

Wilbur prometió a sus amigos del agro que les prepararía la mejor barbacoa de la historia, y en ello estaba. Sólo le faltaba preparar las brasas. Wilbur estaba cansado, llevaba todo el día al sol. Tras prender el acelerante, un repentino golpe de calor hizo que perdiera la consciencia y cayera en encima de las brasas. Su carne empezó a asarse. Sus ojos hirvieron en las cuencas. Media hora más tarde, un agradable olor recibió a los amigos de Wilbur cuando llegaron a su casa.

Rosco

Rosco criaba patos. Los cebaba con un embudo para enfermarles el hígado. Para facilitar las cosas compró una máquina que automatizaba el proceso de engorde. Un día, mientras encajaba el pico de un pato a la máquina, tropezó y su boca quedó encajada en el surtidor de maiz. La máquina empezó a bombear maiz. Rosco gritaba mientras el maiz lo llenaba y reventaba por dentro. Su estómago se rajó y sus piernas se bañaron de intestinos, que sirvieron de engorde para sus patos.

Fritz

Fritz no cabía en sí de gozo. Por fin caía el muro y podría volver a ver a su madre, que vivía en la RDA. Animado por la imágenes emitidas en la TV, fue a la Postdamer platz. Al llegar se encontró con que todo Berlín había tenido la misma idea. Jaleado por sus amigos, empezó a dar martillazos al muro. La sección, ya muy dañada, cedió hacia adelante aplastando a Fritz y esparciendo sus fluidos sobre la exaltada muchedumbre. El silencio se hizo presente en la plaza, y sólo era roto por los gritos de la madre de Fritz.

Rutiger

Rutiger apostó que podía quitarse las esposas sin usar llaves. Ganó la apuesta, así como dos preciosos, deformes y sangrantes muñones.

Denisse

A Denisse le encantaban las piruletas. Y lo que más le gustaba era darle forma de filo a los bordes de las piruletas. Pasar la lengua por el filo de caramelo le excitaba. Un funesto día, bajando las escaleras de su casa, tropezó y se aplastó la cara contra el suelo. Como consecuencia del golpe, quedó paralítica y la afilada piruleta le seccionó la lengua. Murió desangrada léntamente, sin poder moverse. Y sola.

Betty Jo

Betty Jo leía muchos cómics. Desde que era una niña pensaba que la mejor justicia era la que impartían los super héroes. Con el tiempo, en su mente fue madurando una idea: ser una vengadora. Diseñó un traje con un colador, dos batidoras, papel maché, unas bolas de pino de navidad y un bote de mayonesa. Estaba preparada. Era valiente. Tenía ilusión. Pero la vida real es cruel. Murió a manos de un traficante al que le lanzo mayonesa a los ojos. La acuchillo 40 veces en la cara.

Ashley

Ashley quería parecer una estrella de Hollywood. Decidió empezar cambiando su corte de pelo. Para ello acudió a su peluquería de confianza. Pero el aciago destino le reservaba una sorpresa: su peluquero y amigo Rupert había sido asesinado y el asesino le había sustituido al frente de la peluquería. Ashley pidió un corte de estrella de Hollywood; el asesino, en su lugar, le cortó la cara y las orejas. Ashley, finalmente, terminó pareciéndose a una estrella de cine: el Hombre Elefante.

Chester

Chester esperaba con devota emoción la carrera de atletismo más importante de su carrera. Si la ganaba, la gloria llamaría a su puerta. El día anterior a la importante carrera, Chester salió a correr. Estaba tan absorto en la imagen de si mismo abrazado la gloria que, al cruzar una calle, no vio el camión de la limpieza. Quedó atrapado bajo los cepillos y fue cepillado y cepillado hasta el hueso. En vez de gloria llegaron muñones.

Alfred

Alfred siempre quiso saber qué se sentía al matar algo. Compró una manada de cachorros y los pisoteó durante horas. Cuando la pulpa sanguinolenta le llegaba a los tobillos, seguía sin sentir nada. Decidió suicidarse. Finalmente, Alfred supo qué se sentía al matar algo. Dolor y luego nada.

Johnny

Decían que Johnny no era divertido. Un día, para demostrar lo contrario, Johnny le arrancó la cabeza a un pato. Nadie volvió a decir que Johnny no era divertido.

Gertrud

Todos en su clase se reían de Gertrud por lo fea que era. Y en verdad lo era. Las burlas estaban capitaneadas por Britney, la animadora, y se alargaron durante años. Un día, hastiada, Gertrud se arrancó la cara, hizo lo propio con la de Britney y las intercambió. Gertrud fue feliz para siempre.