Linda Sue gritaba de dolor de camino al hospital. Nunca hubiera imaginado que doliera tanto, pero le daba igual; por fin iba a ser madre. Tras meses y meses de intentarlo, tras dos abortos y varias visitas al psicólogo, por fin, iba a parir al fruto de su vientre. Instalada ya en el paritorio, Linda Sue siguió las indicaciones del médico y, tras unos interminables minutos, dio a luz a un precioso bebé. Todavía agotada, Linda Sue vio cómo el médico sujetaba a su bebé y se lo llevaba a limpiarlo. Pero la fatalidad, en forma de cable eléctrico, hizo tropezar al médico, que soltó en el aire al recién nacido que fue a dar contra la pared, abriéndose el cráneo para, finalmente, caer al suelo, sobre unos enchufes. El fluido que salía de la cabeza del bebé, llegó a uno de los enchufes, que transmitió su letal energía eléctrica al pequeño y empezó a cocerse en su jugo, literalmente. Linda Sue, al verlo, comenzó a gritar a golpearse y rasgarse el cuerpo. Alcanzó un fórceps que estaba junto a la camilla y empezó a golpearse la tripa y la vagina con él, hasta que rasgo la piel y reventó sus interiores. Murió destrozada y loca.
Charlton
Charlton estaba que no cabía en sí de gozo. Era su cumpleaños y, de entre las muchas llamadas que había recibido, una le había dado la mejor noticia en meses: le habían contratado en un empleo y podría así dejar su actual trabajo, en el que estaba contratado con unas pésimas condiciones y en el que tenía un despótico jefe que lo humillaba a diario. Con esta buena nueva, comenzó a preparar el ágape de su fiesta de cumpleaños. Había invitado a todos sus amigos y se había propuesto sorprenderles con un menú preparado por él mismo. Tras dos horas de trabajo, tenía todo listo y solo restaba freír las patatas. Llenó una gran sartén de aceite de girasol y la puso al fuego. Mientras el fuego calentaba el aceite, se dispuso a limpiar la cocina, que estaba bastante sucia tras preparar en ella un menú para más de quince personas. Sin darse cuenta, el agua del fregadero cayó al suelo mientras Charlton fregaba. A los pocos minutos, el aceite comenzó a humear cuando llegó a los ciento ochenta grados y Charlton se giró para echar las patatas. La fatalidad quiso que resbalara con el agua del suelo y cayese golpeando el mango de la sartén, que hizo de catapulta vertiendo el aceite hirviendo en la cara de Charlton, que se fundió junto con los ojos en una humeante fritura del infierno. Los gritos de Charlton, al que se le derretía la cara, inundaron la edificio. Comenzó a dar bandazos a ciegas por la cocina, atravesando el cristal del ventanal que daba a la calle y cayendo al vació tras tropezar con la barandilla. El cuerpo de Charlton reventó contra la acera salpicando de carne y vísceras a sus invitados, que estaban congregados abajo para darle una sorpresa.
Ray-Nathan
Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.
Gillmore
Gillmore era un tiránico vendedor de informática que hacía lo que fuera por ascender. Engañaba a los clientes, trataba mal a sus compañeros, robaba... Todos lo sabían, pero le temían y no le denunciaban a sus superiores. Las pocas veces que un compañero se había quejado, habían terminado con ese compañero en el hospital y con Gillmore con los nudillos enrojecidos. Llegó un día en que los compañeros no aguantaron más y decidieron vengarse. Cinco de ellos le esperaron una madrugada cerca de su casa con intención de darle una paliza. Gillmore vivía en una apartada casa, de modo que nadie escucharía sus gritos. Le abordaron con pasamontañas y, ante su sorpresa, Gillmore se defecó encima. Las risas no tardaron en aparecer y, en vez de continuar con lo que tenían pensado, se quitaron los pasamontañas. Gillmore palideció y se fue corriendo y llorando a su casa. Más tarde, esa noche, se tiró por la ventana, pero de tan poca altura que no murió. Se rompió el cuello. Inmovilizado, no pudo hacer nada cuando las ratas aparecieron y comenzaron a dar cuenta de sus genitales y de sus fluidos oculares.
Vinton
Vinton era un rudo operario de grúa en la construcción no muy apreciado por sus compañeros, ya que no era de fiar y trataba muy mal a los novatos, llenándoles las botas de seguridad de heces, gritándoles por nada... La tensión en la jornada laboral era palpable, de modo que, para intentar solucionarlo, el jefe de Vinton decidió ponerlo en el turno de noche. Solo. En su primera noche, un colérico Vinton, se dedicó a hacer mal su trabajo, moviendo material que no debía mover y rozando todo con el enorme gancho de su grúa, hasta que ocurrió lo inevitable y la pluma se atascó a 12 metros del suelo. Vinton subió con una barra de acero por la pluma hasta el extremo de la misma para ver si podía desatascar el gancho. La fatalidad quiso que resbalara y cayese al vacío hasta que su mandíbula se clavó en el gancho de la grúa. El gancho le atravesó la boca y el paladar hasta llegar a su globo ocular derecho, donde quedó encajado mientras su cara se iba rasgando. Finalmente, su cara cedió y Vinton reventó contra el suelo.
Waynelle
Waynelle corría por la calle feliz. No se lo podía creer, pero había comprado un rasca y huele de la lotería de su condado y le habían tocado 10.000 dólares. La acera se le quedaba pequeña de lo rápido que corría y, justo cuando iba a cruzar la carretera, la bocina de un coche le hizo parar en seco. El coche frenó quedándose a pocos centímetros de Waynelle, que suspiró de alivio. De pronto un agudo frenazo llenó el ambiente y antes de que se diera cuenta de lo que pasaba, Waynelle se vio atravesada por decenas de barras de acero. Un camión había chocado contra el coche que casi atropella a la feliz Waynelle, proyectando su mortal carga hacia adelante. Ahora Waynelle yacía moribunda en el suelo, con barras de acero atravesándole el tórax, los miembros, uno de sus ojos... mientras veía con el ojo que le quedaba cómo el boleto de lotería volaba con el viento. Luego el fluido de su propio globo ocular le llegó a la boca, lo saboreó, y murió.
Sherman
Sherman era un ejecutivo que sufría mucho estrés en su trabajo. Manejaba contratos de millones de euros y eso afectaba a su vida personal y profesional. El insomnio no le dejaba descansar y eso le hacía estar irascible con sus empleados y su familia. Preocupada por la salud mental de su marido, su mujer decidió regalarle una sesión anti estrés en una empresa en la que se usaba un método diferente: destrozar una casa. Sherman recibió una maza y comenzó a desahogarse con el mobiliario de una casa. Cuando llegó al baño, Sherman estaba desatado. Reventó el espejo, el lavabo, la bañera... Cuando le tocó el turno a la taza, Sherman resbaló con un trozo de porcelana y cayó hacia atrás. Al golpear contra el suelo, un trozo puntiagudo de porcelana se le clavó en el recto, haciéndole sangrar a chorros; al mismo tiempo, la maza resbalaba de sus manos y le caía en la cara, clavándole el tabique nasal hasta el cerebro. Sufrió una agonía de veinte segundos antes de morir.
Cooter
Cooter era un niño inquieto y su madre no sabía cómo controlarlo. Vivía con su familia a pocos metros de una interestatal muy transitada y se pasaba el día correteando y jugando con sus amigos. Pero Cooter sabía muy bien que no debía jugar cerca de la carretera, por eso, el día de su muerte, él y sus amigos jugaban en un parking cercano. Estaban jugando al escondite y al niño, las ruedas de un camión volquete le parecieron el lugar más increíble del mundo para esconderse; y lo era. Allí se escondió y cuando el camión arrancó, las ruedas le pasaron lentamente por encima, haciendo que sus fluidos ascendieran poco a poco por su cuerpo hasta llegar a la cabeza, donde salieron disparados por los agujeros de su cara.
Jim Bob
Jim Bob era como un niño grande. Le gustaban los dibujos, comía siempre macarrones con tomate, hacía dibujos de animales mitológicos como el ligre y jugaba con niños de 6 años. Pero Jim Bob no tenía 6 años, tenía 28, una fuerza bruta a la altura de su edad y la edad mental de un párvulo. Sus padres y los padres de los niños con los que Jim Bob jugaba, veían con buenos ojos que el grandullón se llevara bien con los menores, ya que Jim Bob no tenía maldad. Pero al igual que un niño arranca las alas a una mosca no por maldad, sino por curiosidad, Jim Bob se dedicó una tarde a introducir sus fornidos pulgares en las cuencas oculares de sus amigos por la curiosidad que le creaba el fluido ocular descendiendo por su mano.
Bort
Bort era un solitario anciano que se pasaba las tardes dando de comer a las palomas del parque. Su mujer había muerto hacía un año y sus hijos no le visitaban porque vivían lejos. Se sentía muy solo y, todas las tardes, lloraba en compañía de las palomas. Sus únicas amigas. Un día, tras pasar toda la tarde en un solitario parque, rodeado de palomas, Bort se puso en pie y le sobrevino un mareo repentino. Cayó de lado y se golpeó la cabeza contra el banco. Quedó paralizado completamente al romperse el cuello. Sin poder moverse, Bort vio cómo las palomas comenzaron a picotearle los ojos y la cara hasta que murió de puro dolor.
Bubba
Bubba era bombero en el departamento de bomberos de su pueblo. No era
demasiado bueno en su trabajo pero se le daba bien echar las puertas
abajo. Queriendo darle una oportunidad, el jefe de Bubba decidió ponerlo
en la radio. Bubba, pletórico, se sentó a la espera de recibir una
llamada de emergencia que no tardó en llegar. Bubba apuntó la dirección y
dió la alarma. Sus compañeros acudieron a la dirección y entraron
arrasando las puertas con hachas y agua a presión, pero no había ningún
incendio; Bubba había apuntado mal la dirección y los bomberos habían
ido a un escuela especial. Murieron 8 niños por los hachazos y el agua a
presión desfiguró la cara a otros 6. Bubba se suicidó quemándose a lo
bonzo y el departamento de bomberos ardió hasta los cimientos, matando a
3 compañeros.
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