Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.
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Waynelle
Waynelle corría por la calle feliz. No se lo podía creer, pero había comprado un rasca y huele de la lotería de su condado y le habían tocado 10.000 dólares. La acera se le quedaba pequeña de lo rápido que corría y, justo cuando iba a cruzar la carretera, la bocina de un coche le hizo parar en seco. El coche frenó quedándose a pocos centímetros de Waynelle, que suspiró de alivio. De pronto un agudo frenazo llenó el ambiente y antes de que se diera cuenta de lo que pasaba, Waynelle se vio atravesada por decenas de barras de acero. Un camión había chocado contra el coche que casi atropella a la feliz Waynelle, proyectando su mortal carga hacia adelante. Ahora Waynelle yacía moribunda en el suelo, con barras de acero atravesándole el tórax, los miembros, uno de sus ojos... mientras veía con el ojo que le quedaba cómo el boleto de lotería volaba con el viento. Luego el fluido de su propio globo ocular le llegó a la boca, lo saboreó, y murió.
Cooter
Cooter era un niño inquieto y su madre no sabía cómo controlarlo. Vivía con su familia a pocos metros de una interestatal muy transitada y se pasaba el día correteando y jugando con sus amigos. Pero Cooter sabía muy bien que no debía jugar cerca de la carretera, por eso, el día de su muerte, él y sus amigos jugaban en un parking cercano. Estaban jugando al escondite y al niño, las ruedas de un camión volquete le parecieron el lugar más increíble del mundo para esconderse; y lo era. Allí se escondió y cuando el camión arrancó, las ruedas le pasaron lentamente por encima, haciendo que sus fluidos ascendieran poco a poco por su cuerpo hasta llegar a la cabeza, donde salieron disparados por los agujeros de su cara.
Enos
Enos trabajaba limpiando ventanas en rascacielos. Tenía muchas deudas y no podía permitirse el no ir a trabajar, por lo que, el día de su muerte, un notable catarro aquejaba a Enos. Cuando había limpiado las dos terceras partes del edificio, un mareo le sobrevino y no pudo agarrase a nada. Cayó de la estructura en la que trabajaba. A dos metros del suelo el sistema de seguridad funcionó y lo detuvo en seco. Todavía con el susto, Enos se quitó el arnés de seguridad, pero al pasarlo por debajo de su pie izquierdo, se tropezó y cayó al suelo. Un autobús le atropelló la cabeza, que explotó esparciendo los fluidos que contenían todo el ser de Enos.
Woodrow
Woodrow pensaba que nadie le podía decir cómo tenía que conducir. Nadie le debería decir si podía beber o si tenía que llevar el cinturón o no. Y así lo pensó hasta que, en el último segundo de su vida, mientras empotraba su coche contra un camión, atravesaba el parabrisas dejando restos de su cara por todas partes y era atravesado por miles de tubos de acero que conformaban la carga del camión, se dió cuenta que era imbecil.
Deerwood
Deerwood trabajaba en el zoo limpiando los excrementos de los animales. Era un trabajo que le amargaba la existencia, los niños le lanzaban cacahuetes cuando salía a recoger las heces, y él lo pagaba con los animales. Los pegaba y maltrataba mientras limpiaba. Una aciaga noche, en la que se encontraba sólo en el zoo, entró en la jaula de los jabalíes para limpiar. Cogió la manguera y se detuvo a la altura de los comederos, la conectó al grifo sin darse cuenta de que la tenía enroscada en el pie. Al darle al paso del agua, la fuerte presión tensó la manguera y tiró de espaldas a Deerwood. Cayó contra una piedra y quedó parapléjico. Además se hizo un corte en la cara desde el que empezó a manar abundante sangre. Los jabalíes, hambrientos, al oler la sangre se acercaron curiosos. Eran 15 y empezaron a probar la sangre, primero dando lametazos y luego pequeños mordiscos. Pronto empezaron a morder a diestro y siniestro, destrozando la cara a Deerwood, cuyos gritos eran ahogados por los gruñidos histéricos de los animales.
Otis
Otis no hacía caso a su madre cuando le decía que no bailara en la ducha. A él le daba igual lo que dijera su madre, él era así, le encantaba bailar bajo el agua. Y lo hacía, hasta que un día resbaló y se clavó el grifo en el ojo. Del golpe, Otis se partió el cuello y quedó tetrapléjico, no notaba nada de cuello para abajo, pero sí que notaba el grifo clavado en su ojo de manera tan profunda que su cabeza no tocaba el suelo. Fue desangrándose lenta y dolorosamente.
Chester
Chester esperaba con devota emoción la carrera de atletismo más importante de su carrera. Si la ganaba, la gloria llamaría a su puerta. El día anterior a la importante carrera, Chester salió a correr. Estaba tan absorto en la imagen de si mismo abrazado la gloria que, al cruzar una calle, no vio el camión de la limpieza. Quedó atrapado bajo los cepillos y fue cepillado y cepillado hasta el hueso. En vez de gloria llegaron muñones.
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