Delmont era camionero. Pasaba largas jornadas montado en su camión para sacar adelante a su familia, pero no llegaban a fin de mes. La crisis le había golpeado como al resto del mundo y las deudas se amontonaban a los pies de su puerta. Estando en ruta, un día su camión le dejó tirado. Sin dinero para un mecánico, Delmont abrió el capó del camión y se dispuso a arreglarlo. En pocos minutos, encontró el problema: un cable suelto que, una vez encajado, hizo que el motor comenzara a girar. El destino quiso que la bufanda que le regaló su hija Mary-An se enganchara en un engranaje. Poco a poco, la cara de Delmont se fue acercando hacia el ventilador del enorme motor. Él tiraba hacia atrás pero la atracción era brutal. Poco a poco, el ventilador fue limándole la cara. Empezando por la nariz, pronto llegó a los pómulos y los ojos de Delmont, que desapareció en una nube de cerebro y sangre. Su mujer no pudo pagarle un entierro.
Linda Sue
Linda Sue gritaba de dolor de camino al hospital. Nunca hubiera imaginado que doliera tanto, pero le daba igual; por fin iba a ser madre. Tras meses y meses de intentarlo, tras dos abortos y varias visitas al psicólogo, por fin, iba a parir al fruto de su vientre. Instalada ya en el paritorio, Linda Sue siguió las indicaciones del médico y, tras unos interminables minutos, dio a luz a un precioso bebé. Todavía agotada, Linda Sue vio cómo el médico sujetaba a su bebé y se lo llevaba a limpiarlo. Pero la fatalidad, en forma de cable eléctrico, hizo tropezar al médico, que soltó en el aire al recién nacido que fue a dar contra la pared, abriéndose el cráneo para, finalmente, caer al suelo, sobre unos enchufes. El fluido que salía de la cabeza del bebé, llegó a uno de los enchufes, que transmitió su letal energía eléctrica al pequeño y empezó a cocerse en su jugo, literalmente. Linda Sue, al verlo, comenzó a gritar a golpearse y rasgarse el cuerpo. Alcanzó un fórceps que estaba junto a la camilla y empezó a golpearse la tripa y la vagina con él, hasta que rasgo la piel y reventó sus interiores. Murió destrozada y loca.
Charlton
Charlton estaba que no cabía en sí de gozo. Era su cumpleaños y, de entre las muchas llamadas que había recibido, una le había dado la mejor noticia en meses: le habían contratado en un empleo y podría así dejar su actual trabajo, en el que estaba contratado con unas pésimas condiciones y en el que tenía un despótico jefe que lo humillaba a diario. Con esta buena nueva, comenzó a preparar el ágape de su fiesta de cumpleaños. Había invitado a todos sus amigos y se había propuesto sorprenderles con un menú preparado por él mismo. Tras dos horas de trabajo, tenía todo listo y solo restaba freír las patatas. Llenó una gran sartén de aceite de girasol y la puso al fuego. Mientras el fuego calentaba el aceite, se dispuso a limpiar la cocina, que estaba bastante sucia tras preparar en ella un menú para más de quince personas. Sin darse cuenta, el agua del fregadero cayó al suelo mientras Charlton fregaba. A los pocos minutos, el aceite comenzó a humear cuando llegó a los ciento ochenta grados y Charlton se giró para echar las patatas. La fatalidad quiso que resbalara con el agua del suelo y cayese golpeando el mango de la sartén, que hizo de catapulta vertiendo el aceite hirviendo en la cara de Charlton, que se fundió junto con los ojos en una humeante fritura del infierno. Los gritos de Charlton, al que se le derretía la cara, inundaron la edificio. Comenzó a dar bandazos a ciegas por la cocina, atravesando el cristal del ventanal que daba a la calle y cayendo al vació tras tropezar con la barandilla. El cuerpo de Charlton reventó contra la acera salpicando de carne y vísceras a sus invitados, que estaban congregados abajo para darle una sorpresa.
Ray-Nathan
Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.
Gillmore
Gillmore era un tiránico vendedor de informática que hacía lo que fuera por ascender. Engañaba a los clientes, trataba mal a sus compañeros, robaba... Todos lo sabían, pero le temían y no le denunciaban a sus superiores. Las pocas veces que un compañero se había quejado, habían terminado con ese compañero en el hospital y con Gillmore con los nudillos enrojecidos. Llegó un día en que los compañeros no aguantaron más y decidieron vengarse. Cinco de ellos le esperaron una madrugada cerca de su casa con intención de darle una paliza. Gillmore vivía en una apartada casa, de modo que nadie escucharía sus gritos. Le abordaron con pasamontañas y, ante su sorpresa, Gillmore se defecó encima. Las risas no tardaron en aparecer y, en vez de continuar con lo que tenían pensado, se quitaron los pasamontañas. Gillmore palideció y se fue corriendo y llorando a su casa. Más tarde, esa noche, se tiró por la ventana, pero de tan poca altura que no murió. Se rompió el cuello. Inmovilizado, no pudo hacer nada cuando las ratas aparecieron y comenzaron a dar cuenta de sus genitales y de sus fluidos oculares.
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