Delmont era camionero. Pasaba largas jornadas montado en su camión para sacar adelante a su familia, pero no llegaban a fin de mes. La crisis le había golpeado como al resto del mundo y las deudas se amontonaban a los pies de su puerta. Estando en ruta, un día su camión le dejó tirado. Sin dinero para un mecánico, Delmont abrió el capó del camión y se dispuso a arreglarlo. En pocos minutos, encontró el problema: un cable suelto que, una vez encajado, hizo que el motor comenzara a girar. El destino quiso que la bufanda que le regaló su hija Mary-An se enganchara en un engranaje. Poco a poco, la cara de Delmont se fue acercando hacia el ventilador del enorme motor. Él tiraba hacia atrás pero la atracción era brutal. Poco a poco, el ventilador fue limándole la cara. Empezando por la nariz, pronto llegó a los pómulos y los ojos de Delmont, que desapareció en una nube de cerebro y sangre. Su mujer no pudo pagarle un entierro.
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Charlton
Charlton estaba que no cabía en sí de gozo. Era su cumpleaños y, de entre las muchas llamadas que había recibido, una le había dado la mejor noticia en meses: le habían contratado en un empleo y podría así dejar su actual trabajo, en el que estaba contratado con unas pésimas condiciones y en el que tenía un despótico jefe que lo humillaba a diario. Con esta buena nueva, comenzó a preparar el ágape de su fiesta de cumpleaños. Había invitado a todos sus amigos y se había propuesto sorprenderles con un menú preparado por él mismo. Tras dos horas de trabajo, tenía todo listo y solo restaba freír las patatas. Llenó una gran sartén de aceite de girasol y la puso al fuego. Mientras el fuego calentaba el aceite, se dispuso a limpiar la cocina, que estaba bastante sucia tras preparar en ella un menú para más de quince personas. Sin darse cuenta, el agua del fregadero cayó al suelo mientras Charlton fregaba. A los pocos minutos, el aceite comenzó a humear cuando llegó a los ciento ochenta grados y Charlton se giró para echar las patatas. La fatalidad quiso que resbalara con el agua del suelo y cayese golpeando el mango de la sartén, que hizo de catapulta vertiendo el aceite hirviendo en la cara de Charlton, que se fundió junto con los ojos en una humeante fritura del infierno. Los gritos de Charlton, al que se le derretía la cara, inundaron la edificio. Comenzó a dar bandazos a ciegas por la cocina, atravesando el cristal del ventanal que daba a la calle y cayendo al vació tras tropezar con la barandilla. El cuerpo de Charlton reventó contra la acera salpicando de carne y vísceras a sus invitados, que estaban congregados abajo para darle una sorpresa.
Ray-Nathan
Ray-Nathan era feliz. Tras haber estado ahorrando durante tres largos años, por fin estaba a las puertas del concesionario donde compraría su primer coche: un descapotable nada menos. Potente, atractivo, con grandes llantas de aleación... Ray-Nathan se veía ligando como nadie a lomos de semejante máquina. Tras pagar y rellenar el papeleo, encendió su nuevo amor y salió como una exhalación del párking del concesionario. Aceleró hasta los ciento cincuenta kilómetros por hora. Se sentía pletórico, vivo. No pudo reprimir el levantar el cuerpo y asomar la cabeza por encima del parabrisas. El viento mecía sus cabellos y refrescaba su cara. Su felicidad se truncó cuando su cara dio de lleno con una bandada de pájaros pequeños. Decenas de pájaros golpearon su cara a una velocidad combinada de unos ciento ochenta kilómetros por hora. Los pájaros fueron reventando su cráneo y sus dientes. Se le introdujeron varios en la boca, arañando y picoteando la lengua y demás zonas blandas. Sus cuencas oculares fueron ocupadas por sendos pajaritos. El dolor fue insoportable hasta que Ray-Nathan chocó de manera frontal con un camión cisterna que transportaba gasolina. En la cabina del mismo, un horrorizado camionero se arrepentía, en sus últimos segundos de vida, de haber llevado a su hijo de cuatro años con él ese día. Todos saltaron por los aires y se abrasaron vivos.
Vinton
Vinton era un rudo operario de grúa en la construcción no muy apreciado por sus compañeros, ya que no era de fiar y trataba muy mal a los novatos, llenándoles las botas de seguridad de heces, gritándoles por nada... La tensión en la jornada laboral era palpable, de modo que, para intentar solucionarlo, el jefe de Vinton decidió ponerlo en el turno de noche. Solo. En su primera noche, un colérico Vinton, se dedicó a hacer mal su trabajo, moviendo material que no debía mover y rozando todo con el enorme gancho de su grúa, hasta que ocurrió lo inevitable y la pluma se atascó a 12 metros del suelo. Vinton subió con una barra de acero por la pluma hasta el extremo de la misma para ver si podía desatascar el gancho. La fatalidad quiso que resbalara y cayese al vacío hasta que su mandíbula se clavó en el gancho de la grúa. El gancho le atravesó la boca y el paladar hasta llegar a su globo ocular derecho, donde quedó encajado mientras su cara se iba rasgando. Finalmente, su cara cedió y Vinton reventó contra el suelo.
Sherman
Sherman era un ejecutivo que sufría mucho estrés en su trabajo. Manejaba contratos de millones de euros y eso afectaba a su vida personal y profesional. El insomnio no le dejaba descansar y eso le hacía estar irascible con sus empleados y su familia. Preocupada por la salud mental de su marido, su mujer decidió regalarle una sesión anti estrés en una empresa en la que se usaba un método diferente: destrozar una casa. Sherman recibió una maza y comenzó a desahogarse con el mobiliario de una casa. Cuando llegó al baño, Sherman estaba desatado. Reventó el espejo, el lavabo, la bañera... Cuando le tocó el turno a la taza, Sherman resbaló con un trozo de porcelana y cayó hacia atrás. Al golpear contra el suelo, un trozo puntiagudo de porcelana se le clavó en el recto, haciéndole sangrar a chorros; al mismo tiempo, la maza resbalaba de sus manos y le caía en la cara, clavándole el tabique nasal hasta el cerebro. Sufrió una agonía de veinte segundos antes de morir.
Bort
Bort era un solitario anciano que se pasaba las tardes dando de comer a las palomas del parque. Su mujer había muerto hacía un año y sus hijos no le visitaban porque vivían lejos. Se sentía muy solo y, todas las tardes, lloraba en compañía de las palomas. Sus únicas amigas. Un día, tras pasar toda la tarde en un solitario parque, rodeado de palomas, Bort se puso en pie y le sobrevino un mareo repentino. Cayó de lado y se golpeó la cabeza contra el banco. Quedó paralizado completamente al romperse el cuello. Sin poder moverse, Bort vio cómo las palomas comenzaron a picotearle los ojos y la cara hasta que murió de puro dolor.
Ludovico
Ludovico había hecho realidad su sueño de ir a África de misionero. Sierra Leona había sido su elección y se encontraba echando una mano en un campo de refugiados. Los niños del campo le dijeron que le querían mucho y que tenían preparada una sorpresa. Se lo llevaron a una zona apartada. Ludovico se fiaba, al fin y al cabo, sólo eran niños. De pronto, unos amenaadores jovenes les salieron al paso y después de intercambiar unas palabras con los niños, les dieron unos botes de comida. Ludovico no entendía nada, hasta que los machetes relucieron. Los jovenes le dieron machetazos en el cuerpo cuidando de no matarle demasiado pronto. Un machetazo en plena cara acabó con la agonía de Ludovico.
Woodrow
Woodrow pensaba que nadie le podía decir cómo tenía que conducir. Nadie le debería decir si podía beber o si tenía que llevar el cinturón o no. Y así lo pensó hasta que, en el último segundo de su vida, mientras empotraba su coche contra un camión, atravesaba el parabrisas dejando restos de su cara por todas partes y era atravesado por miles de tubos de acero que conformaban la carga del camión, se dió cuenta que era imbecil.
Deerwood
Deerwood trabajaba en el zoo limpiando los excrementos de los animales. Era un trabajo que le amargaba la existencia, los niños le lanzaban cacahuetes cuando salía a recoger las heces, y él lo pagaba con los animales. Los pegaba y maltrataba mientras limpiaba. Una aciaga noche, en la que se encontraba sólo en el zoo, entró en la jaula de los jabalíes para limpiar. Cogió la manguera y se detuvo a la altura de los comederos, la conectó al grifo sin darse cuenta de que la tenía enroscada en el pie. Al darle al paso del agua, la fuerte presión tensó la manguera y tiró de espaldas a Deerwood. Cayó contra una piedra y quedó parapléjico. Además se hizo un corte en la cara desde el que empezó a manar abundante sangre. Los jabalíes, hambrientos, al oler la sangre se acercaron curiosos. Eran 15 y empezaron a probar la sangre, primero dando lametazos y luego pequeños mordiscos. Pronto empezaron a morder a diestro y siniestro, destrozando la cara a Deerwood, cuyos gritos eran ahogados por los gruñidos histéricos de los animales.
Dakota
Dakota era una química de segunda que trabajaba en un gran laboratorio. Llevaba años enquistada en un puesto sin futuro, haciendo lo que le mandaban y sin medrar. Pero eso iba a cambiar. Tabajaba en secreto en una fórmula que de funcionar, le daría un fuerte impulso a su carrera. Lo que no sabía es que estaba diseñando una mezcla altamente inestable. Al combinar los elementos que ella creía que le catapultarían al estrellato, el matráz estalló salpicando a Dakota de fragmentos de vídro y bañándola con una mezcla muy corrosiva. Su cara se derritió en un charco sanguinolento. Dakota vivió 30 segundos de pura agonía mientras el ácido le llegaba al cerebro.
Brandine
Brandine disfrutaba poniendo monedas en vías ferroviarias y viendo cómo los trenes las dejaban planas. Solía poner monedas de 1 o 2 céntimos, hasta que un día puso una de 2 para ver cómo quedaba. La moneda, cuando el tren pasó por encima, salió disparada y se clavó en la cara de Brandine.
Gertrud
Todos en su clase se reían de Gertrud por lo fea que era. Y en verdad lo era. Las burlas estaban capitaneadas por Britney, la animadora, y se alargaron durante años. Un día, hastiada, Gertrud se arrancó la cara, hizo lo propio con la de Britney y las intercambió. Gertrud fue feliz para siempre.
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