Cooter era un niño inquieto y su madre no sabía cómo controlarlo. Vivía con su familia a pocos metros de una interestatal muy transitada y se pasaba el día correteando y jugando con sus amigos. Pero Cooter sabía muy bien que no debía jugar cerca de la carretera, por eso, el día de su muerte, él y sus amigos jugaban en un parking cercano. Estaban jugando al escondite y al niño, las ruedas de un camión volquete le parecieron el lugar más increíble del mundo para esconderse; y lo era. Allí se escondió y cuando el camión arrancó, las ruedas le pasaron lentamente por encima, haciendo que sus fluidos ascendieran poco a poco por su cuerpo hasta llegar a la cabeza, donde salieron disparados por los agujeros de su cara.
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Lulabelle
Lulabelle iba de camino a su trabajo, como un día cualquiera. Pero ese no iba a ser un día cualquiera. Ella no lo sabía, pero iba a recibir un mensaje que le cambiaría la vida por completo. Lo poco que le quedaba de ella. Sacó el móvil. El mensaje era de su doctor. Las pruebas eran negativas; había superado la leucemia. Llevaba años esperando esa noticia. No cabía en sí de gozo. Empezó a correr, a disfrutar de la vida. Al cruzar la calle no vió el camión que circulaba a 50 km/h. El golpe la reventó por dentro y esparció sus entrañas 15 metros.
Chester
Chester esperaba con devota emoción la carrera de atletismo más importante de su carrera. Si la ganaba, la gloria llamaría a su puerta. El día anterior a la importante carrera, Chester salió a correr. Estaba tan absorto en la imagen de si mismo abrazado la gloria que, al cruzar una calle, no vio el camión de la limpieza. Quedó atrapado bajo los cepillos y fue cepillado y cepillado hasta el hueso. En vez de gloria llegaron muñones.
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