Delmont
Linda Sue
Charlton
Ray-Nathan
Gillmore
Vinton
Waynelle
Sherman
Cooter
Jim Bob
Bort
Bubba
Bucephelus y Bernadette
Kimberly
Kimberly se había hecho enfermera para salvar vidas. Para estar más cerca de la acción aceptó como destino una ambulancia, de manera que siempre acudiría a accidentes o situaciones de urgencia. Una lluviosa noche, mientras llevaban a un paciente al hospital, al que Kimberly estaba dando descargas con el desfibrilador, una anciana se cruzó en el camino de la ambulancia y el conductor no pudo esquivarla. La ambulancia atropelló a la anciana esparciendo sus restos por la calle. El conductor dio un volantazo haciendo volcar la ambulancia, que comenzó a dar vueltas de campana. Kimberly, en la parte trasera, comenzó a golpearse contra los armarios de suministros médicos. Multitud de agujas, termómetros y demás material médico se le clavaron por todo el cuerpo. Cuando todo terminó, Kimberly agonizaba sangrante en el suelo. Tenía un bisturí clavado en la cara y cuando fue a quitárselo golpeó el desfibrilador, que cayó encima de su cabeza. Le dio una descarga que hizo que sus ojos hirvieran en sus cuencas y Kimberly, finalmente, murió.
Amaleen
Amaleen era una analfabeta paleta de un pueblo perdido en el sur de los Estados Unidos. Su vida consistía en beber cerveza con sus amigos, tener hijos, y comer frijoles directamente de la lata. Un día, la feria llegó a su polvoriento pueblo y decidieron ir a pasarlo en grande. Sobra decir que iban borrachos y no les dejaron subirse en la montaña rusa. Llenos de ira, Amaleen y sus amigos esperaron a que la feria cerrara por la noche y se colaron dentro. Tocaron botones al azar en el cuadro de mandos de la atracción hasta que la pusieron en marcha y subieron. El alcohol, junto con los giros de la montaña rusa, hicieron que Gunter, un amigo de Amaleen, le vomitara encima. Ella, por acto reflejo, se puso en pie al recibir la vomitona justo cuando pasaban por un túnel, que le seccionó la cabeza y los brazos. El cuerpo mutilado de Amaleen siguió montado en el vagón mientras la sangre manaba sin parar de los muñones.
Pervis
Elrod
Enos
Enos trabajaba limpiando ventanas en rascacielos. Tenía muchas deudas y no podía permitirse el no ir a trabajar, por lo que, el día de su muerte, un notable catarro aquejaba a Enos. Cuando había limpiado las dos terceras partes del edificio, un mareo le sobrevino y no pudo agarrase a nada. Cayó de la estructura en la que trabajaba. A dos metros del suelo el sistema de seguridad funcionó y lo detuvo en seco. Todavía con el susto, Enos se quitó el arnés de seguridad, pero al pasarlo por debajo de su pie izquierdo, se tropezó y cayó al suelo. Un autobús le atropelló la cabeza, que explotó esparciendo los fluidos que contenían todo el ser de Enos.
Lucas
Lucas era sexador de pollitos. Se pasaba la vida echando pollitos hembra a una cinta y machos a otra. Los pollitos que no cumplían el estándar debían ser tirados a un horno, pero Lucas no lo hacía. Se guardaba los pollitos deformes en los bolsillos y los llevaba a su casa. Allí, los guardaba en el sótano hasta que juntaba los suficientes como para que no se viese el suelo. Entonces Lucas se ponía unas grandes botas, bajaba al sótano y pisoteaba los pollitos hasta que no quedaba ninguno vivo. Un día, en pleno éxtasis pisoteador, resbaló con el amasijo de fluidos y plumitas en que habían quedado convertidos los pollitos y cayó al suelo. Su cara dio de lleno contra un grupo de pollitos vivos que, al mirar hacia arriba, clavaron sus picos en los ojos de Lucas. Loco de dolor, comenzó a gritar y a correr. Con el fluido ocular sus ojos goteando por la cara, no vio que corría directo a una mesa de herramientas. Se clavó en la cara una hoz, cuya punta salió por la parte trasera de su cráneo. Los pollitos supervivientes picotearon su cadáver hasta dejarlo irreconocible.