Clifton y su mujer Mandy habían sido felices durante más de 60 años, pero eso estaba olvidado. Mandy llevaba 2 años postrada en la cama con la movilidad de una pera y había tomado una decisión: morir con dignidad y de manera rápida. Clifton, que la amaba con locura, respetaba la decisión. El cianuro estaba listo. La fatalidad quiso que Clifton tropezara al ir a dárselo y se rompiera el cuello. Quedó inválido y ambos murieron agónicamente de sed.
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